La dama blanca del bosque - María Monteguer

by - 9:07:00


Cristina miró de reojo el reloj por última vez antes de acostarse. Había sido un intenso día de mudanza y estaba exhausta. Era medianoche, la hora mágica en la que las meigas empezaban a despertar, como rezaba una frase escrita en un pequeño cuadro colgado en la pared enfrente de su cama y en el que no se había fijado hasta ese momento. Mientras abría el embozo de las sábanas procurando que no hubiese ninguna arruga, esbozó una ligera sonrisa imaginando esas brujas que seguramente poblaban en la memoria colectiva de aquel pueblo en el que había decidido pasar una larga temporada. Su hermano acaba de morir en un accidente y necesitaba recuperarse de la depresión que la había atrapado tras su trágica pérdida. Se metió en la cama y así, con la imagen de una horrible hechicera de nariz aguileña y mirada tenebrosa que invadía toda su mente, cerró los ojos hasta se quedó completamente dormida.

Riñalos era un pueblecito de la provincia A Coruña al norte de Galicia, donde Cristina había decido emprender una nueva vida huyendo de una realidad que no quería aceptar. La inesperada muerte de su hermano había sido un golpe terrible para ella. Deseaba desesperadamente aislarse del mundo y deshacerse de esa pena tan profunda que anidaba en su corazón. Y donde mejor que en aquel lugar donde su madre se había criado, y del que tantas veces le había hablado de pequeña enamorada de la paz y de la belleza que reinaba en cada uno de sus rincones. Ahora se sentía tan sola, que su ausencia y la de su padre que también había fallecido años atrás, se acrecentaba con el recuerdo de su querido hermano al que estaba tan unida.

La vivienda, que aún se mantenía en pie, era un viejo caserón situado muy cerca de un bosque de extensa vegetación repleto de árboles y abrojos a los pies de un pantano. Un lugar idílico para abstraerse y disfrutar de las costumbres tan arraigadas de aquel pueblo donde, por otro lado, no faltaban las leyendas de misterio tan peculiares de toda la comarca.

Aquella noche había luna llena. Su reflejo, blanco y poderoso, se colaba a través de la ventana del dormitorio de Cristina desdibujándose sobre su dulce rostro dormido.

Todo parecía en calma. La brisa nocturna mecía las ramas de los vetustos árboles que se agolpaban muy cerca de la casa, y de vez en cuando, el sonido de sus hojas al rozar contra los cristales conformaban una sintonía que, a medida que avanzaban las horas, más que bienestar lo que producía era miedo y desasosiego. Cristina se despertó de repente sobresaltada y se incorporó sobre la cama. Estaba sudorosa y al mismo tiempo helada. Hasta que no encendió una pequeña vela que había colocado en la mesilla, no se tranquilizó. La morada era tan antigua que la instalación eléctrica necesitaba una buena reforma. Miró a su alrededor algo recelosa. El resplandor de la llama de la vela se apoderaba de la oscuridad bailando entre sombras que danzaban sinuosas reflejándose sobre las paredes. Empezó a sentirse confusa y desorientada en aquella habitación en la que pasaba su primera noche.

El viento, ahora mucho más intenso, empezó a golpear las persianas de madera marcando un compás siniestro cada vez que se abrían y cerraban entre la penumbra que se colaba al trasluz. Muy decidida, Cristina se levantó para cerrarlas antes de que pudieran llegar a romperse. Entonces, mientras intentaba sujetar el pestillo en su agujero, la vio; una silueta con forma humana resplandecía en la negrura apoyada sobre el tronco de uno de los pinos del jardín, el que había justo enfrente de su ventana. Cristina se asustó. ¿Qué diablos era aquello? La forma que tenía aquel ente era muy definida, con piernas, torso y brazos, sin embargo, su rostro se mostraba difuminado. Confundida, se frotó los ojos una y otra vez para cerciorarse de que su imaginación no le estaba jugando una mala pasada. Pero, cuando volvió a abrirlos, aquella especie de efigie de luz seguía ahí quieta, imperturbable y sintió pavor. Cerró las contraventanas apresuradamente como si le fuese la vida en ello y volvió a meterse en la cama tapándose con las sábanas hasta arriba hasta que el sueño la venció por completo.

Al día siguiente, los rayos del sol despertaron a Cristina algo más temprano de lo que ella estaba acostumbrada. Aunque acaba de empezar el invierno, la mañana había despuntado resplandeciente y la temperatura exterior invitaba a pasear por el bosque. Pero Cristina se levantó agotada, con una extraña sensación de no haber dormido nada en toda la noche. Tampoco recordaba la misteriosa visión que había presenciado de madrugada. La pesadez que sentía en su cabeza se asemejaba a una fuerte resaca, pero ella no había bebido nada de alcohol. Bajó a la cocina para tomarse un analgésico y después se vistió con ropa cómoda para ir al pueblo. Eran demasiadas cosas las que le faltaban por preparar en su nueva estancia y lo primero, llenar la despensa con los alimentos más básicos. Ni siquiera tenía ni una mísera galleta para desayunar.

El pueblo estaba algo alejado de la vivienda, a una media hora caminando, y para llegar hasta él debía atravesar el bosque. No había otra manera. Cristina cogió su mochila y salió muy ufana tomando el único sendero que enlazaba con Riñalos, un caminito estrecho y lleno de maleza protegido entre los pinos, que bajo la luz del sol, parecía diferente y mucho más alegre. Pero, al poco tiempo de emprender la marcha, comenzó a sentirse incómoda. Cada vez había más ramas desprendidas que se agolpaban en el suelo y le impedían avanzar. Era como si aquella senda hubiese estado muchos años abandonada a su suerte y nadie hubiese pasado por allí. En lo alto, las copas de los árboles se entrelazaban entre ellas creando un techo frondoso que ya no dejaba pasar la claridad del día. Las sombras comenzaron a abrazarla. En ese instante, una ráfaga de viento helado golpeó su cara y Cristina comenzó a temblar. Hacía frío, pero era un frío distinto, sobrecogedor. Además todo estaba en silencio, no se oía absolutamente nada, ni los pajarillos, ni el sonido del agua del arroyo que la había acompañado durante todo el trayecto. ¿Qué estaba pasando? De repente, se paró en seco al presentir que alguien la seguía. Una brisa glacial rozó su cuello y se giró asustada. Entonces, un escalofrío recorrió todo su cuerpo cuando vio la silueta de una mujer que la observaba fijamente rezagada entre los árboles y automáticamente recordó la visión que había presenciado por la noche. Era la misma figura espectral. La expresión de su rostro comenzó a aclararse mostrando una mirada aterradora. Cristina se quedó paralizada mientras veía como aquella señora, que parecía de otra época vestida toda de blanco, se acercaba sigilosamente hacia ella. No caminaba, sino que flotaba en el aire a pocos centímetros del suelo. Y bajo un poderoso influjo que emanaba su exilia presencia, se quedó inmóvil atrapada en sus pupilas hasta que la tuvo muy cerca.

La misteriosa señora comenzó hablarle:

─No temas, pequeña. Te necesito..., sígueme...

Cristina estaba aterrada. Como era posible que aquella especie de espectro le estuviese hablando si ni siquiera movía sus labios. Y su voz, era tan aguda que se le metía en sus oídos como un afilado puñal. Lo único que la mantenía en pie a pesar de la impresión, era el negro vacío de sus ojos. Desgajaba tanto pesar que la conmovió y sintió que debía corresponderle.

─¿Quién eres? ¿Por qué quieres que te siga? ─le preguntó Cristina.

La mujer no respondió. Rápidamente se dio la vuelta haciendo ademán de que la siguiese y comenzó a alejarse poco a poco hacia el arroyo. En ese momento Cristina reaccionó y empezó a correr en dirección contraria como alma que lleva el diablo. Ya no le importaban ni las ramas rotas, ni las zarzas que se le iban enredando en el pantalón, ni el viento gélido que arañaba toda su piel. Lo único que quería era llegar cuanto antes a la aldea para contar lo que acaba de presenciar. Seguro que los más ancianos del lugar tendrían alguna respuesta.

Cuando por fin llegó al pueblo, no había ni una sola alma por las calles. Pero allí se sentía segura. Se metió por la primera calle que encontró hasta que, tras recorrer varias callejuelas adyacentes, aterrizó en la plaza central. Una gran fuente de piedra sin agua, una iglesia románica que parecía que se iba a derrumbar en cualquier momento y varias casitas apiñadas a su alrededor, eran la estampa que presidía aquel centro neurálgico de la comunidad.

Cristina vio el cielo abierto cuando sus ojos se posaron en un cartel de letras rojas colgado sobre una de las fachadas que indicaba: "Bar Aureliño". Se acercó hasta la puerta de la que pendía una cortina de cuentas de colores y entró sin vacilar. En aquel bar no había nadie. Su decoración era bastante humilde y rudimentaria. Las paredes estaban pintadas de un amarillo desgastado y en el fondo se veía una barra de cerámica y varias mesitas de madera con sus respectivas sillas. Qué raro era todo, parecía que en ese lugar no había pasado el tiempo y la calma que se respiraba creaba todavía más inquietud.

─¡Buenos días! ─exclamó─¿Hay alguien ahí?

Inmediatamente, una voz respondió procedente de una estrecha puerta al otro lado de la barra:

─Ya va, ya va...

Por fin, un hombre de mediana edad salió a recibirla. Su aspecto era muy agradable. Bajito y rechoncho, inspiraba confianza y cordialidad. Al verla le saludó muy amable con su característico acento gallego:

─¡Bos días señorita! ¿En qué lle podo axudar?

Cristina puso cara de asombro, apenas entendía aquel lenguaje tan peculiar típico de la zona.

─Ay, discúlpeme, es la costumbre ─rectificó el posadero─. Eres nueva por aquí ¿verdad? No estamos acostumbrados a tener visitas...

Rápidamente, el hombre levantó una portezuela que había en un extremo de la barra y se acercó hasta ella para extenderle la mano. Se presentó:

─Soy Aureliño, el dueño de este viejo antro y un servidor para lo que gustes mandar. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en pedírmelo.

─Encantada de conocerle Aureliño, me llamo Cristina. Ayer llegué al pueblo y he venido para quedarme ─le respondió ella más tranquila.

─Pero, ¿te encuentras bien, niña? No tienes muy buen aspecto. Ahora mismo te preparo un café bien cargado con magdalenas y verás que bien te sienta.

─Muchas gracias señor ─replicó ella agradecida─. Es que, verá..., crucé el bosque y vi algo que...Igual usted puede ayudarme.

Aureliño, sin dejarle continuar la interrumpió bruscamente:

─¿Has atravesado tú sola el bosque a estas horas, pequeña?

─Sí, no me quedaba otra salida. Mi casa está al otro lado del arroyo y es el único camino posible hasta aquí.

El aldeano la miró perplejo y le preguntó:

─¿Te has instalado en la casa abandonada? ¿Eres algún familiar de sus antiguos propietarios?

─Sí, claro ─respondió Cristina─. Era la casa de mis abuelos y en la que vivió mi madre durante su infancia. Aunque..., siempre que le preguntaba por ellos se ponía muy triste y cambiaba de conversación. No me gustaba verla llorar. A pesar de todo, fue muy feliz aquí y por eso he decidido alojarme en ella para pasar el invierno.

─Verás, bonita ─No quiero asustarte, pero, en aquella casa ocurrió algo horroroso. ¿Tu madre nunca te contó lo que sucedió?

Cristina no salía de su asombro. Estaba deseando preguntarle a su nuevo amigo quién o qué podría ser lo que acababa de ver en el bosque, pero él no le dejaba hablar empeñado en narrarle una historia en la que su familia era la principal protagonista:

Tus abuelos, Pedriño y Lucía,  nacieron aquí. Se criaron juntos y enseguida se enamoraron. Se hicieron novios y se casaron muy jóvenes. Al principio todo fue bien, tuvieron una hermosa hija, tu madre, pero la cosa empezó a torcerse cuando a la niña le diagnosticaron una compleja enfermedad que le hacía muy vulnerable y le impedía salir al exterior; los rayos del sol quemaban su piel como un papel de fumar. Era un matrimonio inseparable y siempre acudían juntos a la capital para llevar a la chiquilla a la consulta de un prestigioso dermatólogo. El mejor de toda la región que al final consiguió curarla. No obstante, la niña creció aislada. Solo podía jugar en el bosque donde la penumbra hacía de guardiana para protegerla. Pero un día, Pedriño se puso muy enfermo de unas fiebres y no puedo acompañarlas como era habitual. Lucía tuvo que viajar esa vez sola con su pequeña a A Coruña y en el camino de vuelta ocurrió la tragedia. El autobús, en el que siempre regresaban se averió y tu abuela, impaciente y preocupada por Pedriño no quiso esperar y decidió coger el tren para llegar a casa cuanto antes. Cerca del anochecer, el tren descarriló en el puente que atravesaba el pantano y el vagón en el que viajaban cayó al agua. La niña y todos los pasajeros fueron rescatados, menos Lucía. Se la buscó durante mucho tiempo hasta que la dieron por desparecida. Su cuerpo jamás se encontró. Después de aquello, tu abuelo se volvió loco por la pena y abandonó el pueblo junto a tu madre para emprender una nueva vida en la capital. Dicen que desde entonces, el alma de Lucía vaga por el bosque en busca de su pequeña. Son muchos los que aseguran haberla visto rondando cerca de las aguas pantanosas. La llaman la dama blanca del bosque porque siempre que se ha aparecido, lo ha hecho en noches de luna llena.

Cristina estaba alucinando. Aturdida por la leyenda del posadero, no quiso contarle nada. Él, sin saberlo, ya le había revelado quien era la señora del bosque; su propia abuela. Su cabeza era un hervidero de emociones. Se sentía muy angustiada, pero al mismo tiempo necesitaba volver a encontrarse con ella. Apuró el desayuno que Aureliño le había preparado y se despidió agradecida por su hospitalidad y por la suculenta bolsa de comida que él se afanó en obsequiarle con varios quesos, leche y galletas:

─Toma, de momento con esto te apañarás hasta que puedas comprar lo necesario en la tienda de Manuel. Está bajando la cuesta, a dos calles más abajo. 

─Muchas gracias por todo, amigo. Mañana volveré otra vez a estas horas. El café me ha devuelto la energía que necesitaba, estaba buenísimo ─le respondió Cristina mientras apartaba con sus manos la cortina de bolitas para salir del bar.

Momentos después, Cristina se dirigió apresurada hacia el bosque. La historia que le había contado Aureliño le había hecho comprender la amargura de su madre y su hermetismo por un suceso tan espantoso. Se adentró entre los pinos y comenzó a caminar desesperada entre ellos buscando a la dama blanca, pero esta vez, no había rastro de ella. Cuando llegó a casa, guardó los quesos y la leche en la despensa. Después, pensó que no debía obsesionarse con aquel peregrino encuentro y se entretuvo en colocar las últimas cosas que le quedaban; unas lamparitas, algunos cuadros, y varias fotografías familiares con las que decoró el aparador salón. Pero cuando subía al dormitorio, de repente oyó un ruido extraño que procedía de la planta más alta de la casa: la buhardilla, un cuarto en el que todavía no había entrado. El sonido, era como un golpe seco que se repetía a intervalos crujiendo sobre la madera.

Cristina empezó a sentir otra vez frío. El ruido no cesaba y cada vez se oía con más intensidad. Intentó no dejarse llevar por fantasías y pensó en que quizás algún gato u otro pequeño animal se había colado por el tejado y se armó de valor para averiguar que era. La portezuela de madera que daba acceso al altillo estaba hinchada y le costó abrirla.

El pequeño habitáculo estaba repleto de objetos antiguos de toda índole; muñecas de cartón, algunas sillas, una mesa camilla, un reloj de cuco sin saetas, una cuna de latón, cajas de cartón enmohecidas y un montón de bultos tapados con viejas sábanas blancas que daban a la pieza un aspecto fantasmagórico.

Cristina entro agachada con mucho cuidado de no golpearse la cabeza con los maderos del techo, estaba demasiado inclinado. Entonces, nada más poner un pie en aquella estancia, ya supo de donde venía el ruido misterioso. La ventana se había abierto y sus hojas golpeaban contra el marco mecida por el viento. Pero cuando se acercó para cerrarla, algo se topó con su pie y miró hacia abajo. Sin darse cuenta, había pisado una fotografía muy antigua que yacía en el suelo entre cristales rotos. Cuando se inclinó para cogerla y la tuvo en sus manos, dio un paso atrás sorprendida ante la imagen de un rostro femenino que le resultaba familiar. Sí, no había ninguna duda. Aquella elegante dama era la señora que había visto en el bosque. Su semblante sereno, pero también muy afligido, estremecía al mirarlo y, lo curioso era que bajo sus ojos se habían formado unas diminutas manchas, quizás producidas por la humedad, que parecían lágrimas. Cristina, que ya había reconocido a su abuela en aquella imagen, se emocionó y no pudo evitar tocar esas gotas con su dedo índice. Las acarició despacio y, sorprendentemente, notó como su dedo se mojaba. Era como si aquella vieja foto acabase de llorar y le suplicara auxilio con su misteriosa y penetrante mirada.

Los días siguientes, Cristina intentó matar el tiempo arreglando su casa para no pensar en el doloroso pasado de su abuela. Desde el incidente de la buhardilla, no había vuelto a entrar ahí y tampoco había visto ya más a la señora del bosque cada vez que bajaba al pueblo. Por las noches, dormía con la luz encendida y con la ventana cerrada a cal y canto. Su amigo del bar, Aureliño, le había ayudado con la instalación de la luz y los muebles, ya que también era electricista, carpintero y un montón de cosas más. Sin embargo, algo prodigioso que iba a suceder esa misma noche, iba a cambiar para siempre el rumbo de esta historia.

Era domingo y el pueblo celebraba la festividad de su patrón. Cristina, se pasó toda la tarde en la verbena charlando muy distendida con los vecinos que la habían acogido de maravilla y ayudando a Aureliño en el bar. Así se olvidaba de lo sola que le había dejado su hermano y cuánto le echaba de menos. Pero esa noche, en la que la luna llena despuntaba desafiante sobre el horizonte, cayó sobre ella sin darse cuenta:

─Aureliño, tengo que irme ya. Mira como ha anochecido de repente...

─¿No pretenderás ir sola a estas horas por el bosque? Espera un poco a que termine de recoger y te acompaño a casa con Blas ─le impuso el muy convencido.

─Bueno, sí, será mejor que vengas conmigo. El brillo de la luna me ha hecho recordar otra vez la historia de mi abuela.

Blas era un viejo pastor alemán que había hecho muy buenas migas con Cristina. Cuando ya no quedaba nadie en la plaza, Aureliño cerró el bar y los dos se adentraron en el bosque con el perro y con la ayuda de unas linternas.

Cristina nunca había vuelto a casa tan tarde. La nívea luz de la luna hacía que los árboles reflejasen su silueta entre las sombras creando un halo tenebroso. Ya llevaban más de la mitad de camino y ninguno de los dos había vuelto a abrir la boca. Cristina solo quería llegar a casa cuanto antes donde se sentía segura. Miraba hacia un lado y a otro temerosa mientras Blas, delante de ellos, marcaba el camino deprisa sin darles tiempo a detenerse ni siquiera un instante.

─No tengas miedo ─advirtió muy seguro Aureliño─. Sí Blas está tranquilo, no pasará nada. El nos avisará cuando perciba algo.

Pero ya cerca del arroyo, el pastor alemán comenzó a ladrar de una manera poco habitual. Más que ladridos parecían aullidos y Cristina se asustó. Le preguntó  a Aureliño intrigada:

─¿Qué le pasa al perro? ¿Por qué ladra así? Dios mío, si parece un lobo.

─No sé, parece muy inquieto. Nunca le había visto tan nervioso ─le respondió Aureliño también algo preocupado.

Entonces, en un momento de confusión, la dama blanca surgió de las tinieblas de repente y se plantó delante de ellos igual que si fuese un fantasma. Aquella noche parecía más angustiada que nunca. Comenzó a llorar y a hablarles entre lamentos:

─Por favor, tenéis que ayudarme a sacarla. Mi niña está en el pantano..., mi niña está en el pantano... Vamos, seguidme. Yo solo puedo oírla..., no puedo verla...

Blas comenzó a perseguir a la señora que se deslizaba a gran velocidad entre la maleza. La luz de la luna refulgía sobre sus cabellos haciéndola tan brillante que se le veía claramente a gran distancia. Cristina y Aureliño seguían al perro sin detenerse hasta que por fin llegaron al pantano. Pero allí, el reflejo de la dama blanca había desaparecido por completo y, otra vez, la cerrazón de la noche cubría las aguas turbulentas de aquella masa cristalina que parecía un espejo hacia otra dimensión.

Blas, moviéndose de un lado para otro en la orilla, cada vez estaba más nervioso. Empezó a olisquear por toda esa zona hasta que se detuvo cerca de unos matorrales que se amontonaban en una isleta contigua. Desesperado, comenzó a escarbar en la tierra con sus patas delanteras.

Cristina y Aureliño se acercaron hasta él intrigados por el afán del animal. Cuando por fin descubrieron lo que el perro intentaba destapar, se quedaron atónitos. El torso de un cadáver empezó a surgir entre el barro. Todavía conservaba la ropa, y su larga melena y las manos se mostraban tan intactas que enseguida se dieron cuenta de que pertenecía a una mujer . Entonces Aureliño comprendió. Aquellos restos seguramente eran los de Lucía. Las lluvias de los últimos días quizás habían removido aquellas tierras pantanosas haciendo posible que el cuerpo aflorase ahora. Cogió a su fiel amigo Blas y lo sujetó con fuerza para que no siguiese escarbando y después se acercó hasta Cristina que lloraba desconsolada al ser testigo de un hallazgo tan increíble. La abrazó con ternura e intentó consolarla como si fuese un padre.

─No llores, chiquilla ─le dijo─. Ahora tu abuela por fin podrá descansar en paz. Le daremos sepultura como merece y ya nunca más vagará por el bosque en busca de su pequeña. Después de todo lo que ha pasado, estoy convencido de que ha sido ella quien te ha traído hasta aquí para que rescatases su cuerpo oculto en el pantano durante tantos años.

"Dicen las leyendas del lugar, que una dama blanca vaga por el bosque, pero solo muy pocos saben que ese resplandor es su alma que descansa en paz y que, en noches de luna llena, ilumina el puente del pantano para evitar una nueva tragedia"

                                                       FIN

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2 Comments

  1. Una magnífica historia. Felicidades por escribir tan bonito.

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  2. Gracias Geli Romero por leerlo y opinar. Un fuerte abrazo y seguimos compartiendo compañera.

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